Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Y yo os pido, señora —profirió D’Artagnan—, que me perdonéis el haber provocado vuestra cólera con una bellaquería indigna de un caballero; en cambio, os perdono el asesinato de mi pobre amiga y vuestras crueles venganzas a mí encaminadas; os perdono y lloro por vos. Morid en paz.

—I am lost! I must die![7] —murmuró en inglés milady, levantándose y tendiendo en torno de sí una de aquellas claras miradas suyas que parecían brotar de unas pupilas de fuego.

Pero por más que miró y escuchó, nada vio ni oyó. A su alrededor no tenía más que enemigos.

—¿Dónde voy a morir? —preguntó milady.

—En la margen opuesta —respondió el verdugo, haciéndola entrar en la barca.

—Tomad —dijo Athos al verdugo en el instante en que este iba a seguir a milady, y entregándole una cantidad de dinero.

—Está bien; y que ahora sepa a su vez esta mujer que no cumplo mi oficio, sino mi deber —profirió el verdugo, arrojando el dinero al río.

La barca se alejó hacia la margen izquierda del Lys, llevando a bordo a la culpable y al verdugo; los demás se quedaron en la orilla derecha, en la que se arrodillaron.


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