Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Lentamente, y a la tenue luz de una pálida nube que en aquel momento se cernía sobre el Lys, la barca se deslizó a lo largo de la cuerda y llegó al otro lado, donde, sobre el rojizo horizonte, aparecieron cual negras figuras milady y el verdugo.
Milady, que durante el trayecto consiguiera desatar la cuerda que le sujetaba los pies, al arribar a la orilla saltó en tierra con ligereza y emprendió la fuga; pero como el suelo estaba húmedo, al llegar a lo alto de la escarpa resbaló y cayó de rodillas.
Indudablemente, se apoderó entonces de aquella mujer una idea supersticiosa: creyó que el cielo le negaba su socorro, y se quedó en la actitud en que estaba, con la cabeza inclinada y las manos juntas.
En aquel momento, los de la margen opuesta vieron brillar a la luz de la luna la espada del verdugo, el cual levantó con lentitud los brazos para dejarlos caer de nuevo, y oyeron el silbo de la cuchilla seguido de un grito de la víctima, cuyo tronco cayó en tierra cual pesada mole.
El verdugo se quitó la capa, la tendió en el suelo, puso en ella el tronco y la cabeza de la ajusticiada, anudó la capa por los cuatro picos y, echándose en hombros la fúnebre carga, volvió a entrar en la barca.
Cuando hubo llegado en medio de la corriente, el verdugo paró la barca, y, levantando sobre las aguas su fardo, dijo en voz alta: