Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Cáspita! ¿No es m. D’Artagnan a quien estoy viendo allá abajo? —dijo en alta voz el recién venido después de haber escudriñado con la mirada el aposento donde estaban sentados, en torno a una mesa, los cuatro mosqueteros.

D’Artagnan levantó la cabeza, y al ver a aquel hombre, a quien él llamaba su sombra, y que no era otro que el desconocido de Meung y de la rue des Fossoyeurs y de Arras, lanzó una exclamación de alegría y, espada en mano, se abalanzó a la puerta. Pero ahora, en lugar de huir, el desconocido echó pie a tierra y salió al encuentro de D’Artagnan.

—Por fin os cojo, caballero —dijo el mancebo—, y os aseguro que esta vez no escapáis.

—Ni tal es mi intención, caballero —repuso el recién llegado—, pues iba en vuestra busca. Daos preso en nombre del rey, y rendidme sin resistencia vuestra espada, pues de no hacerlo peligra vuestra cabeza.

—¿Quién sois vos, pues? —preguntó D’Artagnan, bajando la espada pero sin rendirla todavía.

—Soy el caballero de Rochefort —respondió el desconocido—, escudero de m. el cardenal Richelieu, y traigo la orden de conduciros ante su eminencia.

—Allá vamos, m. caballero —dijo Athos, poniéndose del lado de su amigo—, y espero que confiaréis en la palabra de m. D’Artagnan que en línea recta va a dirigirse a La Rochelle.


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