Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Rochefort reflexionó, y como solo había una jornada de allí a Surgères, hasta donde el cardenal debía llegar para recibir al monarca, resolvió seguir el consejo de Athos y regresar con ellos. Por otra parte, regresar con los cuatro amigos le ofrecía una ventaja, la de poder vigilar personalmente al preso.
Emprendida la marcha, a la una de la tarde del día siguiente el rey y su comitiva llegaron a Surgères, donde el cardenal aguardaba a Luis XIII. El ministro y el monarca se hicieron mutuamente grandes demostraciones de amistad, y se felicitaron por el venturoso lance que libraba a Francia del encarnizado enemigo que amotinaba a Europa contra ella. Luego, Richelieu, a quien Rochefort avisara de la llegada de D’Artagnan, y que tenía prisa por ver al mozo, se despidió del monarca después de incitarle a que al día siguiente visitase las obras del dique, ya terminadas.
Al regresar por la tarde a su cuartel general del pont de La Pierre, Richelieu encontró en pie ante la puerta de la casa en que él habitaba a D’Artagnan, sin espada, y a los tres mosqueteros, armados.
Como la fuerza estaba de su parte, el cardenal miró con severidad a Athos, Porthos y Aramis, y con los ojos y con la mano hizo seña a D’Artagnan de que le siguiera.
El mozo obedeció.