Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Te aguardamos, D’Artagnan —dijo Athos en voz alta para que el cardenal le oyera.

Su eminencia arrugó las cejas, hizo una pequeña parada y continuó su camino sin proferir palabra.

D’Artagnan entró tras el cardenal y, una vez dentro, gente armada custodió la puerta.

Richelieu se encaminó al aposento que le servía de gabinete e hizo seña a Rochefort de que introdujese al joven mosquetero.

Rochefort obedeció y se retiró.

D’Artagnan quedó solo en presencia del cardenal; aquella era la segunda entrevista que tenía con Richelieu, y después confesó que al principio estaba plenamente convencido de que iba a ser la última.

El cardenal permaneció en pie, arrimado a la chimenea, al otro lado de una mesa que le separaba de D’Artagnan.

—Caballero —dijo su eminencia—, os han arrestado por orden mía.

—Así me han dicho, monseñor.

—¿Sabéis por qué?

—No, monseñor, pues la única causa por la cual podrían arrestarme todavía la ignora vuestra eminencia.

—Pero ¿qué significa eso? —repuso Richelieu, mirando de hito en hito al mozo.


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