Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Porthos y Aramis ya habÃan llegado y estaban peloteando. Athos, que era habilÃsimo en todos los ejercicios corporales, pasó con D’Artagnan al lado opuesto, y desafió a sus amigos; pero no bien hubo intentado mover el brazo, por más que jugara con la mano izquierda, comprendió que su herida era aún demasiado reciente para dejarle que se entregara a tal ejercicio. Asà pues, D’Artagnan se quedó solo, y como declaró que era poco diestro para sostener un partido en regla, continuaron únicamente enviándose uno a otro la pelota sin contar los tantos. Con todo eso, una de las pelotas lanzada por la hercúlea mano de Porthos pasó tan cerca del rostro de D’Artagnan, que este no pudo menos de decir para sà que si en vez de pasar junto a su cara la pelota hubiese dado de lleno en ella, adiós audiencia, ya que le hubiera sido imposible presentarse al rey. Ahora bien, como según se habÃa dado a entender a sà mismo, de aquella audiencia dependÃa su porvenir, D’Artagnan saludó cortésmente a Porthos y a Aramis, y después de decirles que no anudarÃa el partido hasta tanto no se hallase en condiciones de poder jugar con ellos mano a mano, fue a situarse junto a la cuerda, en la galerÃa.