Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Por desgracia para D’Artagnan, entre los espectadores estaba un guardia de su eminencia, el cual guardia, llegado la vÃspera y todavÃa caliente de la derrota de sus compañeros, se habÃa propuesto en su alma asirse de la primera ocasión para vengarla. Asà pues, dándose a entender que la ocasión se le ofrecÃa, se dirigió a su vecino en estos términos:
—No me pasma que a ese mozo le asuste una pelota; apostarÃa que es un aprendiz mosquetero.
D’Artagnan se volvió como si una serpiente lo hubiese mordido, y miró fijamente al guardia que acababa de proferir tan procaces palabras.
—Podéis mirarme cuanto os plazca; caballerito, no me retracto —repuso el guardia, retorciéndose el bigote con insolencia.
—Y como lo que habéis dicho es más claro que la luz para que necesite explicación, hacedme la merced de seguirme —contestó D’Artagnan.
—¿Cuándo? —preguntó el guardia con el mismo ademán de zumba.
—Ahora mismo.
—¿Ya sabéis quién soy?
—Ni lo sé ni me importa averiguarlo.
—Pues hacéis mal, porque de saber vos quien soy, tal vez no os mostrarais tan diligente.
—¿Cómo os llamáis?
—Bernajoux, para serviros.