Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Pues bien, caballero Bernajoux —repuso con todo sosiego D’Artagnan—, os aguardo en la puerta.
—Os sigo, caballero.
—No os apresuréis en demasÃa, no sea que adviertan que salimos juntos —dijo D’Artagnan—, y ya comprenderéis que, por lo que vamos a hacer, la gente nos estorbarÃa.
—Por supuesto —profirió el guardia, admirado de que su nombre no hubiese producido más efecto en el mozo.
En verdad, el nombre de Bernajoux era conocido de todo el mundo, menos de D’Artagnan quizá, pues aquel guardia era uno de los que con más frecuencia figuraban en las riñas que ocurrÃan diariamente pese a los edictos del rey y del cardenal.
Porthos y Aramis estaban tan ocupados en su partido, y Athos los estaba mirando con tanta atención, que ni aquellos ni este vieron salir a su amigo; el cual, como él mismo dijera al guardia de su eminencia, se detuvo en la puerta, donde a poco se le reunió su adversario.
D’Artagnan, a quien la audiencia del rey, fijada para mediodÃa, no le permitÃa perder tiempo, tendió en torno de sà la mirada, y al ver desierta la calle, dijo al guardia: