Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Es una fortuna para vos, por más que os llaméis Bernajoux, el no tener que habéroslas más que con un aprendiz de mosquetero; pero no temáis, haré cuanto pueda. ¡En guardia!
—Ved que el sitio no es a propósito; mejor estarÃamos tras la abadÃa de Saint-Germain o en el Pré-aux-Clercs —objetó Bernajoux.
—DecÃs muy bien —repuso D’Artagnan—; mas por desgracia el tiempo me apremia; tengo una cita para mediodÃa en punto. ¡En guardia pues, caballero, en guardia!
Bernajoux no era hombre para hacerse repetir dos veces semejante cumplido. Asà es que al mismo instante tiró de su espada y arremetió a su adversario, a quien por su mucha juventud esperaba intimidar.