Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Pero D’Artagnan habÃa hecho su aprendizaje, y, recién salido de su victoria e hinchado de su futuro valimiento, estaba decidido a no retroceder ni un paso: asà es que los dos aceros quedaron ligados hasta la guarda, y como D’Artagnan se mantuvo firme, fue su adversario quien tuvo que hacerse un paso atrás. Nuestro gascón aprovechó el instante en que, en su retroceso, la espada de Bernajoux se desvió de la lÃnea, para apartar su arma y herir en el hombro a su adversario. D’Artagnan retrocedió, a su vez, un paso y levantó su espada; pero Bernajoux le dijo que no valÃa la pena, y tirándose ciegamente a fondo se atravesó a sà mismo con la espada del contrario. Sin embargo, como el guardia no caÃa, ni se daba por vencido, si bien se desviaba hacia el palacio de m. de La Trémouille, en cuya casa estaba empleado un pariente suyo, y por otra parte como él mismo ignoraba la gravedad de la última herida que su adversario recibiera, D’Artagnan lo atacaba con ardor, e indudablemente iba a rematarlo de una tercera estocada, cuando habiendo cundido hasta el juego de pelota el rumor de la calle, dos amigos del guardia, que le habÃan oÃdo cruzar algunas palabras con D’Artagnan, y visto salir inmediatamente después, abandonaron espada en mano y apresuradamente el trinquete y se lanzaron sobre el vencedor. Pero al punto Athos, Porthos y Aramis salieron a su vez, y en el momento en que los dos guardias atacaban al mozo, les obligaron a volver la cara. En esto cayó Bernajoux, y como eran solamente dos contra cuatro, los guardias se echaron a gritar: «¡A nosotros, los del palacio de La Trémouille!». A estas voces salieron cuantos estaban en el palacio y atacaron a los cuatro amigos, que a su vez empezaron a gritar: «¡A nosotros, mosqueteros!».