Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Sucedió lo que previera el capitán de los mosqueteros. Colocado como estaba entre la vida y la muerte, Bernajoux no pensó ni un segundo en disfrazar la verdad, y contó a los dos señores el lance tal cual había pasado.

Era cuanto anhelaba m. de Tréville, el cual deseó a Bernajoux un pronto restablecimiento, se despidió del duque, regresó a su palacio y mandó pasar recado a los cuatro amigos de que les aguardaba a comer.

El capitán de los mosqueteros recibía a su mesa a gente muy encopetada y, por supuesto, anticardenalista. No hay que decir, pues, que la conversación rodó, durante toda la comida, sobre los dos descalabros que acababan de sufrir los guardias de su eminencia. Ahora bien, como D’Artagnan había sido el héroe de las dos jornadas, sobre él llovieron todas las felicitaciones, felicitaciones de que le hicieron gracia Athos, Porthos y Aramis, no solo como buenos camaradas, sino como hombres a quienes les tocara con bastante frecuencia a su vez para que le dejaran el libre goce de la suya.

A eso de las seis, m. de Tréville anunció a sus compañeros de mesa que asuntos de importancia lo llamaban al Louvre; pero como había pasado la hora de la audiencia concedida por su majestad, en vez de reclamar que le dejasen entrar por la escalerilla, se situó con los cuatro jóvenes en la antecámara. El rey aún no había llegado de la caza.


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