Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Con toda lucidez.
—¿Habla?
—SÃ, señor, pero con dificultad.
—Pues bien, señor, veámonos los dos con el doliente, y conjurémosle en nombre del Dios ante quien va a ser quizá llamado a que diga la verdad; yo lo tomo por juez de su propia causa, y lo que él diga será para mà el Evangelio.
El duque meditó por breve espacio, luego, como era imposible hacer una proposición más razonable, aceptó.
La Trémouille y el capitán de los mosqueteros bajaron a la pieza en la que yacÃa el herido; el cual, al ver entrar a aquellos dos nobles señores, hizo un esfuerzo para incorporarse en su lecho, pero a causa de su gran endeblez y rendido por el esfuerzo que hiciera, volvió a caer sin sentido.
El duque se acercó al lecho e hizo respirar un pomo de sales a Bernajoux, que regresó a la vida. Entonces m. de Tréville, que no querÃa que pudiese acusársele de haber ejercido presión en el ánimo del doliente, incitó a m. de La Trémouille a que le interrogara él mismo.