Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Ambos señores se saludaron cortésmente, pues si bien no estaban unidos por los lazos de la amistad, se profesaban mutuamente una gran consideración. Los dos eran hombres cultos y francos; y como La Trémouille, que era protestante y veÃa muy rara vez al rey, no estaba afiliado a partido alguno, en sus relaciones sociales no le animaba ninguna prevención. Sin embargo, ahora su acogida, aunque atenta, fue más frÃa que de costumbre.
—Vos y yo estamos en la creencia de que nos asiste mutua razón de queja, y por eso he venido yo mismo para que los dos pongamos las cosas en claro —dijo Tréville.
—De mil amores —contestó el duque—; pero os prevengo que, según mis informes, bebidos en buena fuente, toda la sinrazón está de parte de vuestros mosqueteros.
—Sois demasiado justo y razonable —profirió Tréville—, para no aceptar la proposición que vengo a haceros.
—Decid.
—¿Cómo está m. Bernajoux, el allegado de vuestro escudero?
—MalÃsimo; además de la estocada que ha recibido en el brazo, que no es peligrosa, ha recogido otra que le atraviesa el pulmón, de modo que el médico da muy malas esperanzas.
—Pero ¿ha conservado su conocimiento el herido?