Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros La advertencia era de sobra razonable y sobre todo venía de un hombre que conocía muy bien al rey para que los cuatro amigos pensasen en rebatirla. Les incitó pues m. de Tréville a que cada cual se retirase a su casa hasta nueva orden.
De regreso a su palacio, el capitán de los mosqueteros imaginó que lo que le convenía era tomar la delantera, querellándose él primero. Así pues, envió uno de sus criados a casa de m. de La Trémouille con una carta en la cual rogaba a este señor que echase de su palacio al guardia de su eminencia y amonestara a sus criados por haberse atrevido a hacer armas contra los mosqueteros. Pero m. de La Trémouille, prevenido ya por su escudero, con quien, como se ha dicho, estaba emparentado Bernajoux, le hizo contestar que no eran m. de Tréville ni sus mosqueteros los que debían quejarse, sino muy al contrario, era él quien estaba en el caso de hacerlo por haber los mosqueteros atacado a aquellos a quienes se acusaba, y, además, excitado a los suyos a que le incendiaran su palacio. Ahora bien, como el debate entre aquellos dos señores pudiera haber durado largo tiempo, ya que, como es natural, cada uno de ellos debía aferrarse a su opinión, Tréville ideó un expediente para acabar de una vez: presentarse él mismo ante m. de La Trémouille, como hizo sin perder minuto.