Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Los negocios andan mal —dijo Athos, sonriendo—; todavÃa no vamos a recibir la investidura de caballeros de la orden.
—Aguardadme aquà diez minutos —dijo Tréville a los cuatro amigos—; si dentro de este espacio no me veis salir, volveos a mi palacio, pues será inútil que prolonguéis vuestra espera.
Los tres mosqueteros y D’Artagnan aguardaron veinte minutos, y al ver que m. de Tréville no aparecÃa, se marcharon no teniéndolas todas consigo.
M. de Tréville entró resueltamente en el gabinete del monarca, a quien encontró de un humor de perros, sentado en un sillón y golpeándose las botas con el mango de su látigo; lo cual no fue óbice para que, con la mayor flema, le preguntara por su salud.
—Mal, caballero, mal, me estoy aburriendo —respondió el rey.
Era, en efecto, el aburrimiento la peor enfermedad de Luis XIII, que con frecuencia cogÃa a uno de sus cortesanos, lo conducÃa hasta una ventana y le decÃa: «Señor fulano, aburrámonos juntos».
—¡Cómo! ¿Vuestra majestad se aburre? —profirió Tréville—. ¿No se ha recreado hoy en la caza?