Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Valiente recreación! —exclamó el rey—. Todo degenera, por mi fe, y no sé si es la caza la que ya no deja pista o si los perros ya no tienen olfato. Hacemos salir un ciervo de diez puntas, lo perseguimos durante seis horas, y cuando está dispuesto a defenderse, en el instante en que Saint-Simon iba a tocar la bocina, patatrás, toda la jaurÃa se deja engañar y la emprende contra un cervato. En verdad os digo, que me veré obligado a renunciar a la caza con perros como ya lo he hecho con la cetrerÃa. ¡Ah!, soy un rey muy desgraciado, m. de Tréville, no me quedaba ya más que un gerifalte, y anteayer se murió.
—Comprendo vuestra desesperación, señor; la desventura es grande; pero me parece que aún os quedan muchos halcones, gavilanes y torzuelos.
—Pero ni un hombre para amaestrarlos; los halconeros se van, ya no queda más conocedor del arte de la cetrerÃa que yo. Muerto yo, todo habrá concluido, y las gentes cazarán con trampas, lazos y armadijos. Si me quedase tiempo para formar discÃpulos, ¡aún!, pero ahà está el cardenal, que no me da punto de reposo hablándome de España, Austria e Inglaterra. Y, a propósito del cardenal, no estoy satisfecho de vos, m. de Tréville.