Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Hombre, eso sà que es raro —profirió el rey—. ¡Si me diréis vos que vuestros tres condenados mosqueteros, Athos, Porthos y Aramis y vuestro cadete del Bearn no han arremetido furiosos al infeliz Bernajoux y no lo han maltratado de tal suerte que es más que probable que a estas horas esté luchando entre la vida y la muerte! ¡Si me diréis vos que luego no han sitiado el palacio del duque de La Trémouille y no han querido incendiarlo! Lo cual no habrÃa sido quizá una gran desventura en tiempo de guerra, atento que el tal palacio es una madriguera de hugonotes; pero lo que, en tiempo de paz, es un malÃsimo ejemplo. ¿No ibais a decirme todo eso?
—¿Quién os ha hecho una pintura tan galana, señor? —preguntó Tréville con el mismo sosiego.
—¿Quién queréis que sea, sino el que vela cuando duermo, trabaja cuando me divierto, y todo lo dirige dentro y fuera del reino?
—Indudablemente, vuestra majestad habla de Dios —dijo Tréville—, pues un ser tan superior a vuestra majestad solo puede tratarse de Dios.
—Hablo de la columna del Estado, de mi único servidor, de mi único amigo, de m. el cardenal.
—Su eminencia no es Su Santidad, señor.
—¿Qué os proponéis decir con eso?
—Que solamente el papa es infalible, y que su infalibilidad no se extiende a los cardenales.