Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Porthos, como ya habrá podido ver el lector, era, en cuanto al carácter, el reverso de Athos: no solamente hablaba mucho, sino en voz muy alta; y es que, haciéndole justicia, le daba igual que le escucharan o no; hablaba por el gusto de hablar y por escucharse a sà mismo; todo pasaba por el tamiz de su lengua, menos las ciencias, alegando, sobre el particular, el odio inveterado que, según él decÃa, llevaba desde su infancia a los sabios. No tenÃa un aspecto tan señoril como Athos, lo cual, en los comienzos de sus amistades, lo habÃa hecho más de una vez injusto para con tan cumplido caballero, a quien se esforzó entonces en sobrepujar por la esplendidez de su tocado. Pero con su sencillo casacón de mosquetero y solo por la gallardÃa con la que echaba atrás la cabeza y adelantaba el pie, Athos conquistaba ipso facto el sitio que le pertenecÃa, dejando relegado a segunda fila al fastuoso Porthos. Este se consolaba de tales descalabros llenando la antesala de m. de Tréville y los cuerpos de guardia del Louvre con el ruido de sus lances amorosos, de que Athos nunca hablaba; y, por el momento, después de haber pasado de la nobleza de toga a la nobleza de pergaminos, de la golilla a la baronesa, según Porthos se trataba nada menos que de una princesa extranjera que le querÃa más que a las niñas de sus ojos.