Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Por desgracia, ni el propio Porthos no sabía sobre la vida de su taciturno compañero más que lo que de ella traspirara. Decían que Athos había sido muy desgraciado en amores, y que para siempre jamás le había amargado la existencia una traición terrible. Cual fuese esta traición, lo ignoraba todo el mundo.

Referente a Porthos, excepto su verdadero nombre, conocido únicamente de m. de Tréville, así como el de sus dos compañeros, su vida era fácil de conocer. Vanidoso e indiscreto, ni un cristal era más trasparente que él. Lo único que pudiera haber extraviado al investigador es que las gentes hubiesen creído todo lo bueno que él decía de sí mismo.

Aramis, si bien aparentaba no tener secretos, era arca de misterios, y si se mostraba más que parco al responder a las preguntas que sobre los demás le dirigían, cerraba los oídos a las que hacían referencia a él. Una vez, D’Artagnan, después de haberle interrogado largo y tendido respecto de Porthos y habiéndose puesto al corriente del rumor que acerca de los amores del mosquetero con una princesa cundía, se empeñó en saber también a qué atenerse sobre los galanteos de su interlocutor.

—¿Y vos, mi querido compañero —le dijo—, vos que habláis de las baronesas, condesas y princesas de los demás?


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