Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Con vuestra licencia —interrumpió Aramis—, si he dicho lo que he dicho es porque el mismo Porthos lo divulga, porque él en persona ha proclamado en mi presencia todas esas lindezas; pero tened la seguridad de que de saberlas yo por otro conducto, o de habérmelas él confiado, no habrÃa confesor más discreto que yo.
—Lo creo —repuso D’Artagnan—; pero sea lo que fuere, me parece que también vos estáis bastante familiarizado con los escudos de armas, y si no, hable por mà cierto pañuelo bordado al que debo la honra de conoceros.
Esta vez no se incomodó Aramis, pero tomó el ademán más modesto que supo y contestó afectuosamente:
—No olvidéis que ansÃo pertenecer a la Iglesia, mi querido amigo, y que rehúyo todas las ocasiones mundanas. El pañuelo que visteis no me lo confiaron; se lo dejó olvidado en mi casa uno de mis amigos, y no tuve más remedio que recogerlo para no comprometerle a él y a la dama por quien él suspira. Yo no tengo amante, ni quiero, siguiendo en este punto al muy juicioso Athos, que tampoco tiene.
—¡Qué diablos! Vos servÃs en los mosqueteros, no sois cura.