Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Soy mosquetero interinamente, mi caro amigo, como dice el cardenal, mosquetero contra mi voluntad, pero sacerdote de corazón, os lo aseguro. Athos y Porthos me han hecho ingresar en el cuerpo para ocuparme; en el momento de ordenarme tuve una ligera disputa con… Pero eso no os interesa, y os estoy robando un tiempo precioso.
—No, por mi vida —exclamó D’Artagnan—; lo que me estáis refiriendo me interesa grandemente, y nada, nada en absoluto tengo que hacer en este momento.
—Pues yo sà —replicó Aramis—; me está llamando mi breviario, tengo que componer unos versos que me ha pedido mm. D’Aiguillon, y luego debo acercarme a la rue de Saint-Honoré y comprar colorete para mm. de Chevreuse; ya veis pues que si a vos nada os apremia, yo tengo mucha prisa.
Y Aramis tendió afectuosamente la mano a su joven compañero y se despidió de él.
Como por mucho que hizo, D’Artagnan no pudo averiguar más respecto de sus tres nuevos amigos, resolvió admitir, de momento, cuanto se decÃa acerca del pasado de aquellos, con la esperanza de que lo venidero le harÃa revelaciones más ciertas y más amplificadas. Entre tanto, tuvo a Athos por un Aquiles, a Porthos por un Ayax, y por un José al socarrón de Aramis.