Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Por lo demás, los cuatro jóvenes llevaban una vida alegre: Athos jugaba, y siempre con desgracia. A pesar de ello, nunca pedía prestado dinero a sus amigos, por más que su bolsa estuviera siempre abierta para ellos; y si jugaba bajo palabra, hacía despertar a su acreedor a las seis de la mañana para pagarle la deuda de la víspera.

Porthos tenía arrebatos: en tales ocasiones, si ganaba, se mostraba insolente y liberal; si perdía, se eclipsaba totalmente por algunos días, tras los cuales reaparecía con el rostro lívido y mal gesto, pero con la bolsa henchida.

Aramis nunca jugaba. Era el mosquetero más malo y el más fastidioso comensal que imaginar se pueda. Siempre tenía qué hacer. En ocasiones, a la mitad de una comida, cuando todos y cada uno, en medio de los vapores del vino y en el calor de la conversación, creían que aún había para dos horas de mesa, Aramis consultaba su reloj, se levantaba, sonriéndose graciosamente, y se despedía de la concurrencia para irse, según él decía, a consultar a un casuista con quien tenía cita. Otras veces se volvía a su casa para escribir una tesis, y solicitaba de sus amigos que no le distrajesen.



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