Los Tres Mosqueteros

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En tales casos, Athos se sonreía con la melancólica expresión que tan bien sentaba a su noble semblante, y Porthos trasegaba en su estómago un vaso de vino, mientras afirmaba que Aramis nunca pasaría de cura de aldea.

Planchet, el criado de D’Artagnan, soportó noblemente la buena fortuna; recibía treinta sueldos al día, y durante un mes regresó a casita alegre como un pinzón y lleno de afabilidad para con su amo; pero cuando el viento de la adversidad se desencadenó sobre la vivienda de la rue des Fossoyeurs, o si decimos cuando estuvieron comidas, o poco faltaba, las cuarenta pistolas de Luis XIII, empezó a lanzar quejas que a Athos le parecieron nauseabundas, a Porthos indecentes, y a Aramis ridículas. Athos aconsejó, pues, a D’Artagnan que despidiese al pícaro, pero al parecer de Porthos, no sin antes haberle vapuleado, a lo que Aramis sustentó que un amo no debe escuchar más palabras que las que se digan en su alabanza.







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