Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Esto poco os cuesta decirlo —replicó D’Artagnan—: a vos, Athos, porque no cruzáis palabra con Grimaud y se las vedáis, y por consiguiente nunca andáis con él en dimes y diretes; a vos, Porthos, porque vivÃs ostentosamente, y sois un dios para Mousqueton; y, finalmente a vos, Aramis, porque perdurablemente absorto en vuestros estudios teológicos, inspiráis el más profundo respeto a Bazin, hombre manso y religioso; pero yo, que no soy hombre de crédito ni de haberes, que no soy mosquetero ni siquiera guardia, ¿qué me es dable hacer para inspirar afecto, terror o respeto a Planchet?
—Esto es grave —respondieron los tres amigos—; atañe a la vida doméstica; igual que con las mujeres pasa con los criados: hay que ponerlos enseguida en el sitio en que uno quiere que permanezcan. Reflexionad, pues.
D’Artagnan reflexionó, efectivamente, y lo que resolvió fue aporrear previamente a Planchet, como lo hizo, con el ardor que el mozo ponÃa en todo; luego, después de haber molido a palos al mezquino, le vedó que lo plantara sin su licencia, arguyendo que el porvenir no podÃa menos de mostrársele propicio, y que, por lo tanto, esperaba tiempos mejores.
—Asà pues —dijo por añadidura D’Artagnan a Planchet—, te vendrá como llovida la fortuna si continúas a mi servicio, y soy bastante buen amo para no quitártela accediendo a despedirte.