Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Esta manera de obrar inspiró gran respeto a los mosqueteros acerca de la polÃtica de D’Artagnan, y la más profunda admiración a Planchet, que no volvió a hablar de marcharse.
Los cuatro jóvenes habÃan acabado por hacer vida común; D’Artagnan, que no tenÃa hábito alguno, pues acababa de llegar de su provincia y caÃa en medio de una sociedad nueva para él, adquirió sin tardanza los de sus amigos.
Los cuatro se levantaban a las ocho de la mañana en invierno y a las seis en verano, y se iban a tomar, amén de la consigna, el pulso a los asuntos al palacio de m. de Tréville. D’Artagnan, aunque no era mosquetero, hacÃa el servicio de tal con puntualidad notable: siempre estaba de guardia, por la sencillÃsima razón de que siempre hacÃa compañÃa a aquel de sus amigos que de los tres la montaba. No habÃa en el palacio mosquetero que no lo conociera ni lo tuviese por un buen compañero, y m. de Tréville, que de buenas a primeras lo estimara en lo que valÃa, y le profesaba hondo afecto, no cesaba de recomendarlo al monarca.