Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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En efecto, cuatro hombres como ellos, consagrados uno a otro desde la bolsa hasta la vida, cuatro hombres que se prestaran siempre mutuo apoyo y nunca retrocediesen, que juntos o aisladamente ejecutaran las resoluciones tomadas en común; cuatro brazos que a los cuatro puntos cardinales amenazaran o se volviesen contra un solo punto, encubiertamente o al descubierto, por mina o por trinchera, por la astucia o por la fuerza, debían abrirse camino hacia el fin propuesto, por muy bien defendido y alejado que estuviese. Lo único que admiraba a nuestro gascón es que sus amigos no hubiesen pensado en eso. Y él en eso pensando estaba, y muy en serio, enfrascándose en meditaciones para hallar una dirección a aquella fuerza única multiplicada por cuatro, con la cual tenía por cierto que, como con la palanca que buscaba Arquímedes, lograrían levantar el mundo, cuando sonaron en la puerta unos golpecitos muy suaves.

—Ve a abrir —dijo D’Artagnan, despertando a Planchet.

No porque hayamos dicho que D’Artagnan despertara a su criado imagine el lector que era de noche. No, acababan de sonar las cuatro de la tarde, y dos horas antes, Planchet había pedido de comer a su amo, que se limitara a recordarle el refrán que reza que quien duerme come. Y Planchet comía durmiendo.

En esto entró en la habitación un hombre de fisonomía cándida y aspecto vulgar.


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