Los Tres Mosqueteros

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Planchet, para postres, querría haber oído la conversación; pero el recién llegado manifestó que lo que tenía que decir a D’Artagnan era importante y confidencial, y deseaba quedarse con él a solas.

D’Artagnan despidió, pues, a su criado e hizo tomar asiento a su visitador.

Por espacio de algunos segundos reinó en la pieza el más profundo silencio, durante el cual los dos hombres se miraron uno a otro como para estudiarse previamente; luego, D’Artagnan inclinó la cabeza como en señal de que estaba pronto a escuchar.

—Me han dicho que el m. D’Artagnan era mozo robusto y valiente —profirió el desconocido—, y lo justo de semejante fama me ha decidido a confiarle un secreto.

—Decid, caballero —repuso D’Artagnan, que por instinto olió una ganga.

—Mi mujer es costurera de la reina —continuó tras una nueva pausa el desconocido—, y no es tonta ni fea. Van para tres años que me hicieron tomarla por esposa, aunque su caudal era pequeño, porque m. La Porte, el criado de confianza de la reina, es su padrino y la protege…

—¿Y qué? —preguntó D’Artagnan.

—Que han robado a mi mujer esta mañana al salir de su cuarto de costurera.

—¿Quién le ha robado?


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