Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —No lo sé, pero lo supongo.
—¿De quién sospecháis?
—De un hombre que hace tiempo la requebraba.
—¡Diantre!
—Sin embargo —continuó el visitador—, si queréis que os hable con franqueza, os diré que en ese negocio más juega la polÃtica que no el amor, como si lo viera.
—¿Que la polÃtica juega más que el amor en ese negocio? —repuso D’Artagnan con rostro imaginativo—. ¿Y qué sospecháis vos?
—Eso no sé si deberÃa decÃroslo…
—¡Caballero! —profirió el mozo—, notad que yo nada os pregunto. El que ha venido aquà sois vos; vos el que me habéis dicho que tenÃais que confiarme un secreto. Haced, pues, lo que os acomode; todavÃa estáis a tiempo de retiraros.
—No, me parecéis mozo honrado y confÃo en vos. Digo, pues, que lo que a mà me parece es que a mi mujer no le han robado a causa de sus amores, sino de los amores de una dama más encumbrada que ella.
—¡Ah! ¿Radicará la causa en los amores de mm. de BoisTracy? —repuso D’Artagnan, afanoso de aparentar, ante su interlocutor, que estaba al corriente de los enredos de la corte.
—Subid mucho más alto, caballero, mucho más.
—¿De mm. D’Aiguillon?