Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—La he recibido esta mañana.

D’Artagnan desdobló el pliego y, como empezaba a oscurecer, se acercó a la ventana, adonde le siguió Bonacieux.

Ved lo que D’Artagnan leyó:

No busquéis a vuestra mujer; cuando ya no se necesite de ella, os será restituida. ¡Ay de vos si dais un solo paso para encontrarla!

—Esto es hablar sin ambages —dijo D’Artagnan—; pero ¡bah!, al fin y a la postre, no es más que una amenaza.

—Bien, sí, pero una amenaza que me aterroriza. ¡Ay!, señor, yo no soy hombre de armas tomar, y tengo un miedo espantoso a la Bastille.

—¡Dios santo! Como si yo no la temiera también —repuso D’Artagnan—. Si no se tratase más que de una estocada, todavía.

—Sin embargo, para el caso había contado con vos.

—¿Sí?

—Al veros siempre rodeado de mosqueteros de marcialísimo continente, y conociendo que los tales mosqueteros eran los de m. de Tréville, y por tanto enemigos irreconciliables del cardenal, pensé que a vos y a vuestros amigos os vendría como anillo al dedo jugarle una mala pasada a su eminencia, haciendo al mismo tiempo justicia a nuestra pobre soberana.


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