Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Ciertamente.
—Además, supuse que debiéndome, como me debéis, tres meses de alquiler y no habiéndoos yo dicho nunca una palabra sobre el particular…
—Ya me habéis dado esta razón que, por otra parte, considero excelente.
—Esto sin contar que mientras me hagáis la honra de permanecer en mi casa, os doy por quito de alquileres.
—Muy bien.
—A lo cual podéis añadir que si, lo que no es probable, andáis momentáneamente escaso de dinero, os ofrezco cincuenta pistolas.
—Miel sobre hojuelas; ¿conque estáis rico, mi querido señor?
—Vivo con desahogo; he acumulado algo asà como dos o tres mil escudos de renta comerciando en mercerÃa, y principalmente interesando algún dinero en el primer viaje del célebre navegante Jean Mocquet; de modo que, como comprenderéis fácilmente… Pero ¿qué estoy viendo? —exclamó Bonacieux.
—¿Qué? ¿Dónde? —preguntó D’Artagnan.
—AllÃ, en la calle, en el hueco de la puerta frontera: un hombre enmascarado. ¡Ah! ¡Es él!