Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Él es! —exclamó a su vez D’Artagnan, quien precipitándose sobre su espada, al igual que Bonacieux, conoció al individuo—. ¡Ah! Ahora sí que no se me escapa.

Y desenvainando, el mozo se lanzó fuera del aposento, y del aposento a la escalera, donde topó con Athos y Porthos, que venían a verle, y entre los cuales pasó como disparada saeta.

—¿Adónde vas de esta suerte? —le preguntaron a una los dos mosqueteros.

—Al encuentro del fulano de Meung —respondió D’Artagnan, desapareciendo.

D’Artagnan había contado más de una vez a sus amigos su aventura con el desconocido, así como la aparición de la hermosa viajera a la cual aquel individuo confiara una importante misiva.

Según el parecer de Athos, D’Artagnan había perdido la carta en medio del tumulto, ya que un hidalgo tal cual lo pintara el mozo era incapaz de cometer la bajeza de robar una carta; Porthos no había visto en el asunto más que una cita de amor dada por una dama a un caballero, o al revés, cita turbada por la presencia de D’Artagnan y de su jaco amarillo, y Aramis, manifestado que siendo, como eran, misteriosos tales hechos, valía más no profundizarlos.


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