Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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IX

D’ARTAGNAN VA DÁNDOSE A CONOCER

Cual Athos y Porthos previeran, media hora despuĂ©s D’Artagnan estaba de regreso en su casa. Esta vez tambiĂ©n el desconocido se habĂ­a escapado, digĂĄmoslo asĂ­.

D’Artagnan, tras haber recorrido espada en mano las circunvecinas calles sin dar con tĂ­tere que se pareciese al individuo en pos del cual saliera, pensĂł en lo que debĂ­a haber pensado desde un principio, esto es, en llamar a la puerta a la que arrimado estaba el misterioso personaje; pero inĂștilmente dio uno y otro aldabazo, nadie respondiĂł a la llamada; solo algunos vecinos, atraĂ­dos por el estruendo, se asomaron a puertas y ventanas para decir a nuestro mozo que en aquella casa —de la que, por lo demĂĄs, estaban cerradas todas las aberturas— hacĂ­a seis meses que no habitaba bicho viviente.

Mientras D’Artagnan iba desempedrando calles y llamando a las puertas, Aramis se habĂ­a reunido con sus compañeros, de modo que cuando el gascĂłn entrĂł de nuevo en su vivienda, encontrĂł junta magna.

—¿QuĂ© tal? —preguntaron a una los tres mosqueteros al ver a D’Artagnan sudoriento y turbado por la cĂłlera.

—¿QuĂ©? —exclamĂł el mozo, lanzando su espada sobre la cama—, que es menester que ese hombre sea el diablo en carne y hueso; ha desaparecido como un fantasma, como una sombra, como un espectro.


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