Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Creéis vos en las visiones? —preguntó Athos a Porthos.

—¿Yo? Solo creo lo que veo, y como nunca he visto visiones, no creo en ellas.

—Pues la Biblia nos impone el deber de creer en ellas —dijo Aramis—: a Saúl se le apareció Samuel, y es este un artículo de fe que sentiría muy de veras que Porthos pusiera en tela de juicio.

—Sea lo que fuere, hombre o diablo, cuerpo o fantasma, ilusión o realidad, ese hombre ha nacido para mi condenación —repuso D’Artagnan—, pues su fuga nos echa a perder un negocio magnífico, en el cual había una ganancia de cien o más pistolas.

—¿Cómo? —preguntaron Porthos y Aramis.

En cuanto a Athos, fiel a su mutismo, se limitó a interrogar a D’Artagnan con la mirada.

—Planchet —dijo D’Artagnan a su criado, que en aquel instante asomaba el hocico por la abertura de la puerta para ver si pescaba algunas palabras de la conversación—, bajad a casa de mi casero, m. Bonacieux, y de mi parte que haga subir media docena de botellas del de Beaugency, que es el que yo prefiero.

—¡Vaya! ¡Vaya! ¿Conque tenéis crédito abierto en casa de vuestro casero? —preguntó Porthos.

—Sí —respondió D’Artagnan—, desde hoy, y no temáis, si el vino que nos envíe es malo, mandaremos a por otro.


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