Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Bueno es usar, pero no abusar —dijo sentenciosamente Aramis.

—Siempre he dicho que el más despejado de todos nosotros era D’Artagnan —profirió Athos, sumergiéndose nuevamente en su peculiar silencio después de haber emitido esta opinión, a la cual el mozo respondió haciendo una reverencia.

—Pero en definitiva, ¿qué pasa? —preguntó Porthos.

—Esto es, ¿qué pasa? —repuso Aramis—; digo, siempre y cuando no se halle comprometida en esta confidencia la honra de alguna dama. De ser así, más vale que os deis un punto a la boca.

—Lo que tengo que deciros no será en ofensa de nadie —respondió D’Artagnan.

El cual refirió con toda menudencia a sus amigos lo que acababa de pasar entre él y su casero, así como que el hombre que robara la mujer de aquel era el mismísimo con quien él había tenido que habérselas en la posada del Franc Meunier.

—No es malo el negocio —dijo Athos, después de haber catado el vino cual hiciera un experto y tras indicar con un movimiento de cabeza que lo hallaba bueno—; a ese buen hombre podrán sacársele de cincuenta a sesenta pistolas. Ahora lo que falta saber es si esa cantidad vale tanto la pena como para arriesgar cuatro cabezas.


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