Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Sin contar que viste como no hay quien le iguale —añadió Porthos—. Yo estaba en el Louvre el día en el que sembró sus perlas, y por mi vida que recogí dos que vendí a diez pistolas cada una. Y tú, Aramis, ¿lo conoces?

—Tan bien como vosotros, pues fui uno de los que lo arrestaron en el jardín de Amiens, en el que me había introducido m. de Putange, caballerizo de la reina. Yo estaba, en aquel entonces, en el seminario, y el lance me pareció penoso para el monarca.

—Lo cual no sería obstáculo —dijo D’Artagnan— para que yo cogiese por la mano al duque de Buckingham, si supiera dónde está, y lo condujese en presencia de la reina, no fuese más que para hacer rabiar al cardenal; porque señores, el cardenal es nuestro verdadero, único y eterno enemigo, y si pudiésemos hallar manera de jugarle una mala pasada, expondría gustoso mi cabeza con tal de conseguirlo.

—¿Y el mercero os ha dicho que la reina sospecha que se han valido de una noticia falsa para hacer venir a Buckingham? —preguntó Athos a D’Artagnan.

—Así le parece.

—¡Callad! —dijo Aramis.

—¿Qué hay? —preguntó Porthos.

—Continuad, voy a ver si recuerdo ciertas circunstancias.


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