Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Y ahora jurarÃa —repuso D’Artagnan— que el rapto de esa servidora de la reina tiene conexión con los acontecimientos de los que estamos hablando, y quizá con la presencia del duque de Buckingham en ParÃs.
—Ese gascón es hombre de chapa —dijo Porthos con admiración.
—No podéis imaginaros lo que me gusta oÃrle hablar, su patois me divierte —profirió Athos.
—Escuchad, señores —exclamó Aramis.
—Escuchamos —dijeron a una los tres amigos.
—Ayer estuve en casa de un sabio doctor en teologÃa a quien consulto algunas veces para mis estudios…
Athos se sonrió.
—Conforme a sus gustos y a su profesión, el mentado doctor vive en un barrio solitario —continuó Aramis—. Ahora bien, en el preciso instante en el que yo iba a salir de su casa…
Aquà Aramis se detuvo.
—¿Qué pasó en el instante en el que vos ibais a salir de la casa del doctor? —preguntaron los oyentes.
Aramis hizo, al parecer, un esfuerzo sobre sà mismo, como quien en medio de una mentira tropieza con un obstáculo imprevisto; pero ya no era posible retroceder, sus tres compañeros tenÃan clavados los ojos en él y estaban con el oÃdo atento.