Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —El doctor a quien quiero referirme tiene una sobrina —prosiguió Aramis.
—¡Ah! Tiene una sobrina —interrumpió Porthos.
—Dama muy respetable —dijo Aramis. Los tres amigos se rieron.
—Si os reÃs o ponéis en duda mis palabras —profirió Aramis—, os quedáis a oscuras.
—Somos creyentes como mahometanos y mudos como catafalcos —dijo Athos.
—Prosigo, pues —repuso Aramis—. Dicha sobrina va, de cuando en cuando, a ver a su tÃo, y como casualmente ayer nos encontramos ella y yo en casa del doctor, no tuve más remedio que brindarme para acompañarla a la carroza.
—¡Ah! ¿Posee carroza la sobrina del doctor? —interrumpió Porthos, que entre otros defectos tenÃa el de hablar de vicio—; vaya, vaya, estáis muy bien relacionado.
—Os he dicho más de una vez que sois muy indiscreto —repuso Aramis, volviéndose hacia Porthos—, y que esto os desmerece grandemente a los ojos de las mujeres.
—Señores, señores —exclamó D’Artagnan, que columbraba la parte misteriosa del lance—, el asunto es formal; dejémonos pues de chanzas, si es posible. Continuad, Aramis.