Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Athos, Porthos y Aramis, cada uno por su lado, hicieron, aunque infructuosamente, toda suerte de pesquisas. Athos, el taciturno Athos, llevó su espíritu de investigación hasta interrogar a m. de Tréville, el cual, conociendo, como conocía, el mutismo del digno mosquetero, quedó grandemente admirado. Pero el caso es que Tréville no sabía más sino que la última vez que viera al cardenal, al rey y a la reina, el primero parecía estar muy receloso, el segundo nada sosegado, y los ojos de la reina delataban, por su hinchazón, que había llorado o pasado la noche en vela. Sin embargo, esta última circunstancia no le asombró en demasía, ya que desde su matrimonio, la soberana velaba y lloraba con harta frecuencia.
M. de Tréville recomendó a Athos que a todo trance sirviera al rey, y principalmente a la reina, y le rogó que en su nombre hiciese la misma recomendación a sus amigos.
En cuanto a D’Artagnan, no se movió de su casa; y es que había convertido su cuarto en observatorio. Desde las ventanas veía llegar a los que venían a hacerse aprehender; luego, como había arrancado los ladrillos del piso, agujereado el suelo, y solamente le separaba un simple cielo raso del aposento inferior en el cual se hacían los interrogatorios, oía cuanto pasaba entre los inquisidores y los acusados.