Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Para poneros bajo su amparo?
—¡Oh! No, ¡pobrecito! Ya sabÃa yo que es incapaz de defenderme; pero como podÃa servirnos para otro negocio, querÃa informarle.
—¿De qué?
—No puedo decÃroslo, no soy dueña de este secreto.
—Por otra parte —dijo D’Artagnan—, y perdonadme, señora, si a pesar de ser guardia, como soy, os recomiendo la prudencia; por otra parte, repito, me parece que este no es sitio acomodado para hacer confidencias. Los hombres a quienes he ahuyentado van a volver con refuerzos, y si nos encuentran aquà no hay remedio para nosotros. Ya he mandado avisar a tres de mis amigos; pero ¿y si no están en casa?
—Tenéis razón —profirió mm. Bonacieux llena de terror—, huyamos; huyamos.
Y asiendo el brazo de D’Artagnan, lo apretó con fuerza.
—Bien, sÃ, huyamos, pero ¿adónde? —preguntó el mozo.
—Primero alejémonos de esta casa, luego veremos.