Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Mm. Bonacieux y D’Artagnan salieron de la habitación, sin tomarse la molestia de cerrar la puerta, atravesaron apresuradamente la rue des Fossoyeurs, tomaron la de FossésMonsieur-le-Prince y no pararon hasta la place de Saint-Sulpice.
—Y ahora ¿qué hacemos? ¿Adónde queréis que os conduzca? —preguntó D’Artagnan a su acompañante.
—Confieso que no sé qué responderos —contestó mm. Bonacieux—; mi intención era que mi marido previniera a m. La Porte, para que este nos dijera claramente qué habÃa pasado en el Louvre desde hacÃa tres dÃas y si yo, de presentarme en palacio, corrÃa peligro.
—Eso no quita que yo pueda verme con m. La Porte —dijo D’Artagnan.
—Claro que no; solo hay una contra: en el Louvre conocen a m. Bonacieux y le hubieran dejado pasar, en tanto que a vos persona alguna os conoce allà y os cerrarán la puerta.
—¡Bah! —repuso D’Artagnan—, en este o en aquel postigo del Louvre seguro que hay algún portero que os es devoto, y que gracias a algún santo y seña…
—¿Y si yo os hiciese sabedor del santo y seña, lo olvidarÃais al instante de haberos servido de él? —preguntó la esposa del mercero, mirando de hito en hito a su acompañante.