Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Qué os importa? No os conocen; además, estamos en una situación que nos fuerza a pasar por encima de ciertas conveniencias.

—De acuerdo, vámonos a casa de vuestro amigo. ¿Dónde vive?

—En la rue de Férou, a dos pasos de aquí.

—Vamos.

Mm. Bonacieux y su acompañante anudaron la marcha. Como Athos no estaba en su casa, según previera D’Artagnan, este pidió la llave a un vecino a quien el mosquetero tenía la costumbre de dejársela, subió la escalera e introdujo en la pequeña habitación, que ya hemos descrito, a mm. Bonacieux.

—Estáis en vuestra casa —dijo el mozo a la mercera—, y ahora cerrad la puerta por dentro y no abráis a nadie; a no ser que oigáis tres golpes así.

Y D’Artagnan dio tres golpes: dos rápidos y fuertes y el otro tras una pausa y más suave.

—Está bien —contestó mm. Bonacieux—; ahora me toca a mí daros mis instrucciones.

—Escucho.

—Presentaos en el postigo del Louvre que da a la rue de l’Échelle, y preguntad por Germain.

—Entendido; ¿qué más?

—Germain os preguntará qué se os ofrece, y le responderéis: Tours y Bruselas. Enseguida se pondrá a vuestras órdenes.


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