Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Y qué debo ordenarle?
—Que vaya a buscar a m. La Porte, ayuda de cámara de la reina.
—¿Y una vez se haya presentado m. La Porte?
—Enviádmelo.
—Conforme, pero ¿cómo y dónde volveré a veros?
—¿Tenéis empeño en verme otra vez?
—SÃ, señora.
—Pues dejadme a mà ese cuidado, y nada temáis.
—ConfÃo en vuestra palabra.
—Podéis fiaros en ella.
D’Artagnan saludó a mm. Bonacieux, lanzándole al mismo tiempo una mirada lo más amorosa que supo, y mientras se dirigÃa escalera abajo oyó cerrar la puerta con dos vueltas de llave.
El mozo llegó al Louvre con dos saltos, y en el instante en que entraba por el postigo de la rue de l’Échelle, dieron las diez.
Los acontecimientos que acabamos de narrar se habÃan desenvuelto en media hora.
Todo se hizo como anunciara mm. Bonacieux. Germain, al darle D’Artagnan el santo y seña, se inclinó; diez minutos después, La Porte estaba en la habitación del portero, y en un santiamén, por boca del gascón se enteró de cuanto habÃa ocurrido y del sitio donde se refugiara la costurera de la reina.