Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Dispensadme, señor —profirió D’Artagnan, que había aprovechado el instante en que lo dejaron a solas para retrasar tres cuartos de hora el péndulo—; pero como no son más que las nueve y veinticinco, he supuesto que todavía era posible presentarme en vuestra casa.

—¡Las nueve y veinticinco! —exclamó Tréville, consultando su péndulo—; ¡es imposible!

—Vuestro péndulo da fe, y si no, mirad —repuso D’Artagnan.

—Tenéis razón —dijo Tréville—; habría jurado que era más tarde. Vamos a ver, ¿qué queréis?

D’Artagnan refirió a su interlocutor una larga historia referente a la reina. Le expuso los temores que en su espíritu se habían despertado respecto de su majestad, y le contó lo que oyera decir acerca de los proyectos del cardenal relativamente a Buckingham, pero todo con tal sosiego y pulso, que Tréville tragó tanto más el anzuelo, cuanto él mismo, como ya hemos manifestado, notara algo nuevo entre el cardenal, el rey y la reina.


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