Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Vuelan tan raudos en alas de la imaginación los delirios de la mente, que a D’Artagnan ya le parecía estar viendo venir un mensajero de la joven con un billete de cita, una cadena de oro o un diamante. Ya hemos dicho más arriba que los mozos hidalgos recibían sin sonrojo dinero del rey, y ahora nos cumple añadir que en aquellos tiempos de moral acomodaticia, no tenían los tales mozos más vergüenza respecto de sus amantes, las cuales solían hacerles don de recuerdos preciosos y duraderos, como si hubiesen intentado conquistar con la riqueza de sus regalos la fragilidad de sus afectos.

Entonces los hombres prosperaban, sin avergonzarse, a la sombra de las mujeres. Las que únicamente eran hermosas daban su hermosura, y de ahí deriva indudablemente el refrán que reza que la mujer más hermosa del mundo no puede dar más que lo que tiene. Las que estaban ricas daban, además, parte de su dinero, y fácil sería citar buen número de héroes de aquellos galantes días que no habrían ganado, primeramente, sus espuelas de oro y luego batalla alguna sin la bolsa más o menos repleta que sus amantes colgaban del arzón de sus sillas.




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