Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan era pobre, en la acepción más extensa del vocablo; su indecisión provinciana, tenue barniz, flor efímera, pelusilla de melocotón, se había evaporado al soplo de los nada ortodoxos consejos de los tres mosqueteros, sus amigos. Siguiendo la singular costumbre del tiempo, para D’Artagnan vivir en París era lo mismo que vivir en campaña, ni más ni menos que si estuviese en Flandes, con la única diferencia que en Flandes los enemigos hubieran sido los españoles, y en París eran las mujeres; lo cual quería decir que tanto en una parte como en otra era del caso imponer contribuciones de guerra.

Con todo eso, a D’Artagnan lo impulsaba, por lo pronto, algo más noble y desinteresado. Al decirle el mercero que era rico, el mozo adivinó que siendo, como era, Bonacieux un necio, la mujer era quien tenía la llave de la gaveta. Pero esto no había influido poco ni mucho en la sensación producida por la presencia de mm. Bonacieux, y puede decirse que el interés permaneciera extraño a la iniciación de amor que a aquella siguiera. Y nos hemos expresado como acabamos de hacerlo, porque antes corrobora que no entibia toda iniciación de amor una mujer joven, linda, graciosa y despejada, si además de tales circunstancias reúne la de ser rica.



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