Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros La riqueza lleva en sà multitud de cuidados y caprichos aristocráticos que sientan de perlas a la hermosura. Medias finas y blancas, vestido de seda, camisolÃn de encajes, lindo calzado y una cinta flamante en la cabeza no embellecen a una mujer fea, pero sà aumentan en tercio y quinto los encantos de una mujer hermosa; esto sin contar que las manos ganan grandemente; las manos, que, sobre todo en las mujeres, necesitan estar ociosas para conservar su hermosura.
Además, D’Artagnan, como sabe el lector, no era millonario, por más que esperaba serlo; pero estaba muy lejos todavÃa el tiempo que él mismo se fijara para tan venturoso cambio. Mientras tanto, ¡qué dolor para un mozo el ver que el bien amado anhela esas mil fruslerÃas en que las mujeres fundan su satisfacción, y no poder proporcionárselas! Por lo menos, si la mujer es rica y el amante no, lo que él no puede ofrecerle se lo ofrece ella a sà misma; y aunque la mujer suele darse tales gustos con el dinero del marido, raro es que en este recaiga la gratitud.