Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Luego, D’Artagnan, que estaba dispuesto a ser el amante más solícito, era entre tanto el amigo más devoto. En medio de sus amorosos proyectos acerca de la mujer del mercero, el mozo no olvidaba los suyos. La hermosa Bonacieux era mujer para pasearla por el llano de Saint-Denis o por la feria de Saint-Germain en compañía de Athos, Porthos y Aramis, a quienes nuestro gascón mostraría con orgullo tal conquista; como es sobradamente sabido que andando se despierta el hambre, como el mismo D’Artagnan notara de algún tiempo a aquella parte. Lo cual quería decir que harían aquellas comidas íntimas y llenas de hechizos en las que por un lado se toca la mano de un amigo y por el otro el pie de la amante. Esto sin contar que en los momentos de apuro, en las situaciones extremas, D’Artagnan sería el salvador de sus amigos.

¿Y m. Bonacieux, a quien D’Artagnan pusiera en manos de los corchetes, renegando de él en alta voz y al que recatadamente prometiera salvarlo? Si vale decir la verdad, D’Artagnan así pensaba en el mercero como en hacerse turco, y si pensaba en él, era para decirse que bien se estaba el buen hombre donde estaba, doquiera estuviese. ¡Cuán cierto es que no hay pasión más egoísta que la del amor!



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