Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros D’Artagnan, traicionado a la vez por su amigo y por aquella tan cara ya para él como una amante, sintió reventar en su corazón todas las sospechas de los celos.
La mercera le habÃa jurado por todo lo jurable que no conocÃa a Aramis, y hete que un cuarto de hora después él la encontraba del brazo del mosquetero.
Ni siquiera reflexionó D’Artagnan, que únicamente hacÃa tres horas que conocÃa a la mercera, que esta no le debÃa más que alguna gratitud por haberla librado de los alguaciles que intentaban llevársela, y que ella nada le habÃa prometido. Se tuvo por amante ultrajado, vendido, burlado, y, con el rostro hecho un ascua por la cólera y por la sangre que a él le afluyera, resolvió poner en limpio lo que hubiere.
La nocturna pareja, al advertir que alguien la seguÃa, apretó el paso, y D’Artagnan redobló el suyo para tomar la delantera y retroceder y encararse con ella frente a la Samaritaine, alumbrada por un farol que proyectaba su luz sobre todo en aquel trozo del puente.
—¿Qué se os ofrece? —preguntó el mosquetero, haciéndose un paso atrás y con un dejo extranjero que probó a D’Artagnan que se equivocara en parte de sus conjeturas.
—¡No es Aramis! —exclamó el mozo.