Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —No, señor, no soy Aramis, y en vuestra exclamación conozco que me habéis tomado por otro; por eso os perdono, repuso el desconocido.
—¡Ah! ¿Conque me perdonáis? —profirió D’Artagnan.
—SÃ, y como nada tenéis que ver conmigo, dejadme el paso libre.
—La razón os sobra, caballero —dijo D’Artagnan—, pero si con vos no, tengo que ver con la señora.
—¡Con la señora! —exclamó el extranjero—, ¡si no la conocéis!
—Os engañáis, caballero.
—¡Ah! —profirió mm. Bonacieux con voz de reproche—, como militar y como hidalgo me habÃais dado vuestra palabra, y creà poder fiar en ella.
—Y vos —repuso D’Artagnan con turbación—, me habÃais prometido…
—Señora —dijo el extranjero—, dadme el brazo y continuemos nuestro camino.
Con todo eso D’Artagnan, aturdido, aterrado, confundido por lo que acababa de pasarle, permanecÃa hecho una estatua y con los brazos cruzados ante el mosquetero y mm. Bonacieux.
El desconocido avanzó entonces dos pasos y con la mano desvió a D’Artagnan, que dio un brinco hacia atrás y desenvainó su espada.