Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Al mismo tiempo, y con la rapidez del rayo, el mosquetero tiró de la suya.
—¡Por Dios, milord! —profirió mm. Bonacieux, lanzándose entre los combatientes y cogiendo las espadas por la hoja.
—¡Milord! —exclamó D’Artagnan, iluminado por una idea súbita—. ¡Milord!, perdone su merced, pero ¿acaso sois vos…?
—M. duque de Buckingham —dijo la mercera a media voz—; y ahora podéis perdernos a todos.
—Milord, señora —repuso D’Artagnan—, os pido mil perdones; pero amo, milord, amo y he sentido la incontrastable furia de los celos; vos ya sabéis qué es amar, milord; perdonadme, pues, y ved de qué manera puedo hacerme matar por vuestra gracia.
—Sois mozo valiente —dijo Buckingham, tendiendo a D’Artagnan una mano que este estrechó con respeto—; acepto vuestros servicios; seguidnos a veinte pasos hasta el Louvre, y si alguien nos espÃa, cortadle para siempre más el aliento.
D’Artagnan sobarcó su espada, dejó que el duque y mm. Bonacieux avanzaran veinte pasos, y les siguió pronto a ejecutar al pie de la letra las instrucciones del noble y elegante ministro de Carlos I de Inglaterra.